Horas en una biblioteca
Horas en una biblioteca Los dos volúmenes anteriores de esta crónica, Años de infancia y Un caballero ruso, nos dejaron un regusto de amistad personal por Serguéi Aksákov. Habíamos llegado a conocerle y conocíamos a su familia del mismo modo que conocemos a las personas con las que hemos pasado semanas, sin roces de ninguna clase, en una casa de campo. La figura del propio Aksákov ha ocupado en nuestro ánimo un lugar que es más semejante al de una persona de carne y hueso que al de una persona a la que hayamos conocido tan sólo por medio de un libro. Desde la lectura del primer volumen, también en traducción del señor Duff, hemos leído muchos libros nuevos; son muchos los personajes claros, nítidos, que han pasado ante nuestros ojos, aunque en su mayoría no hayan dejado a su paso nada más que la sensación de una actividad más o menos brillante. Aksákov, en cambio, ha seguido siendo un hombre de extraordinaria frescura, de enjundia, un hombre de un natural tan rico, que se desplaza de tal modo en la luz y la sombra de la vida real, que es posible, tal como hemos descubierto en estos dos últimos años, ponernos cómodos e involuntariamente pensar en él. Palabras como estas tal vez no se puedan en verdad aplicar a muchas grandes obras de arte, pero nada que produzca esta impresión de plenitud y de intimidad puede en el fondo carecer de algunas de las cualidades menos frecuentes y, a nuestro juicio, algunas de las más deliciosas del arte verdadero. Hemos hablado de Aksákov como si de un hombre se tratara, aunque por desgracia no tengamos el derecho de hacerlo, por cuanto que lo hemos conocido sólo de muchacho, y el último volumen de los tres lo deja cuando alcanza los quince años de edad. Con este volumen, dice el señor Duff, termina la crónica. Nuestro pesar, y el deseo de leer al menos otros tres, es la mejor muestra de gratitud que podemos ofrecerle por su labor de traductor. Si reparamos en el poco común mérito de estos libros, difícilmente podremos agradecérselos al traductor como es debido. Sólo nos resta esperar que siga mirando en derredor y que halle otro tesoro de la misma trascendencia.
