Horas en una biblioteca

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UNA MIRADA A TURGUÉNEV

Si no fuera este el decimosexto volumen de un clásico, si fuera el primer volumen de un autor desconocido, ¿qué podríamos decir de él? De entrada, tendríamos que decir que Turguénev es un joven muy observador que, si pudiera contener su facultad de observación del detalle, tal vez con el tiempo tuviera algo que ofrecernos. «Tenía ella la costumbre de volver la cabeza a la derecha cada vez que se llevaba un bocado a la boca con la mano izquierda, como si estuviera jugando con él». «… Aplacaron a los enfurecidos cachorros, pero una de las doncellas hubo de llevarse a uno a rastras… a un dormitorio, y se llevó a raíz de ello un buen mordisco en la mano derecha». En sí mismos, ambos hechos han sido notados de una manera admirable, pero no deberíamos pasar por alto que es peligroso observar las cosas de este modo, es peligroso hacer hincapié en todas las pequeñeces, meramente porque uno las tiene en abundancia y siempre a punto. A nuestro alrededor se hallan esparcidos los melancólicos residuos de quienes han insistido en contarnos que a ella le mordió el cachorro en la mano derecha, y que empuñaba el tenedor con la izquierda. Y en el instante mismo en que hacemos esa observación resulta que los detalles se disuelven y desaparecen. No queda en pie más que la escena en sí. Pervive sin apoyo de ninguna clase, sin que nada responda de ella. El padre y la madre, las dos jovencitas, los visitantes, los perros pastores y la comida sobre la mesa son aportaciones espontáneas en pro de la impresión definitiva, la que nos da la certeza, cuando se cierra la puerta y se marchan los dos jóvenes, de que nada podrá inducir a Boris Andreyich a que se case con Emerentsiya. Eso es lo principal de cuanto sabemos, pero también sabemos, a medida que la casa se aleja, que en el salón Emerentsiya sonríe como una tonta por su conquista, mientras que Polinka, la más sencilla de las dos hermanas, ha subido corriendo y llora con la criada diciéndole que odia a los visitantes. Le hablan de música y luego su madre la regaña.


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