Horas en una biblioteca
Horas en una biblioteca Miranda dormía en el jardín, tendida en una tumbona a la sombra del manzano. Se le había caído el libro a la hierba, y con el dedo parecía señalar una frase: «Ce pays est vraiment un des coins du monde où le rire des filles éclate le mieux…», como si se hubiera quedado dormida en ese punto. Los ópalos del anillo que llevaba puesto despedían destellos verdes, rosados, naranjas de nuevo a medida que el sol que rezumaba entre las ramas del manzano los alcanzaba. Se levantó entonces la brisa, y su vestido lila se onduló como una flor al final de un tallo. Asintió la hierba, y la mariposa blanca vino revoloteando sin rumbo hasta pasar por encima de su cara.
A poco más de un metro sobre el suelo pendían las primeras manzanas. Se hizo de súbito un clamor estridente, como si las manzanas fueran gongs de latón batido con violencia, irregularmente, de un modo brutal. Eran sólo los niños de la escuela cantando a coro la tabla de multiplicar una y otra vez, pero ese claro pasaba a poco más de un metro de la cabeza de Miranda, atravesando las ramas del manzano, golpeando al chiquillo del vaquero, que andaba cogiendo moras en el seto cuando debiera haber estado en clase, y así se pinchó el pulgar con una espina.
Se oyó después un grito aislado: triste, humano, brutal. El viejo Parsley, qué remedio, estaba borracho como un cesto.
