Horas en una biblioteca
Horas en una biblioteca Por lo que cabe colegir del natural de Mrs. Gaskell, es posible aventurar que no le habría gustado el libro de Ellis H. Chadwick. Siendo una mujer culta, para la cual la publicidad carecía de todo aliciente, y con un penetrante sentido del humor, con un genio muy vivo, lo habría abierto con un estremecimiento y lo hubiera cerrado con una carcajada. Es delicioso comprobar con qué inteligencia se esfuma. No hay cartas que repasar, no hay cotilleos; la gente la recuerda, pero parece que se hubiera olvidado del todo cómo era. Al menos, exclama Chadwick, tuvo que haber vivido en alguna parte, las casas se podrán describir. «Hay un porche alargado y cubierto de cristal, que forma un invernadero y que es la entrada principal… En la planta baja, a la derecha, se abre un gran salón. A la izquierda está la sala de billar… una cocina espaciosa… la despensa… Hay diez dormitorios en total… y un huerto suficientemente amplio para proporcionar verduras a una familia muy numerosa». El fantasma se sentiría agradecido con las casas; podría causarle un retortijón enterarse de que «se había introducido en la mejor sociedad literaria de su tiempo». Por otra parte, le agradaría leer que Charles Darwin era «el conocido naturalista».
