Horas en una biblioteca
Horas en una biblioteca El dÃa 5 de este mes de diciembre [1930], Christina Rossetti celebrará su centenario o, hablando con mayor propiedad, seremos nosotros quienes por ella lo celebremos, y quizá lo hagamos para mayor inquietud suya, no en vano fue una de las mujeres más tÃmidas y reservadas que han existido. Que se hable de ella, como sin duda hemos de hacer, posiblemente le hubiera causado una gran incomodidad. No obstante, es inevitable que asà sea. Los centenarios son inexorables. A la fuerza hemos de hablar de ella. Hemos de leer su vida, hemos de leer sus cartas, hemos de estudiar sus retratos, hemos de especular sobre sus enfermedades, de las cuales tuvo por cierto una variedad considerable, y hemos de zarandear los cajones de su escritorio, que en su mayor parte están vacÃos. Empecemos por la biografÃa. ¿Habrá algo más ameno? Como todo el mundo sabe, la fascinación que entraña la lectura de las biografÃas es irresistible. Tan pronto hayamos abierto las páginas del esmerado, resolutivo libro que ha escrito la señorita Sandars (Vida de Christina Rossetti, obra de Mary F. Sandars, publicado por Hutchinson), esa vieja ilusión se apodera de nosotros. He aquà el pasado y todos sus habitantes, milagrosamente conservados como si se hallaran en un tanque mágico, sellado a cal y canto; basta con que miremos y escuchemos, con que escuchemos y miremos las figuritas —suelen ser menores que las de tamaño natural— que comienzan a moverse, a hablar, y a medida que se mueven podremos disponerlas en toda suerte de dibujos, de los cuales ellas nada supieron en su dÃa, pues creyeron que estaban vivas y que podÃan ir adonde quisieran y como les viniera en gana; a medida que hablan, leeremos en sus dichos toda suerte de cosas que a ellas nunca se les pasó por la cabeza que quisieran haber dicho, pues creÃan que estaban vivas y por eso decÃan las cosas según se les ocurrÃan, sin pensarlo dos veces. Una vez uno se encuentra en una biografÃa, todo cambia.
