Horas en una biblioteca

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WILCOXIANA

¿Por dónde podríamos comenzar? ¿Dónde podríamos darlo por terminado? Nunca ha habido libro más difícil de reseñar. Si se habla de la Madame de Staël de Milwaukee, no quedará sitio para las hojas de té; si una se concentra en Helen Pitkin, habrá que prescindir de Raley Husted Bell. Por otra parte, en todo momento hay al menos tres mundos que se entretejen, y en cuanto a Ella Wheeler Wilcox, pues resulta que la señora Wilcox es la que plantea el principal problema. No sería difícil tomársela a broma; igual de fácil sería mostrarse condescendiente con ella, pero en modo alguno es fácil expresar lo que una siente por ella. De esta complejidad se tiene ya un apunte en su apariencia externa. Escribimos ahora a la vista de cuarenta fotos de la señora Wilcox. Si se prescinde de aquellas en las que aparece con los gatos en brazos y con lunas crecientes en el pelo, aquellas en las que aparece tumbada en un diván leyendo un libro, aquellas en las que está sentada en una balaustrada, entre Theodosia Garrison y Rhoda Hero Dunn, todas ellas más que nada homenaje a la Musa, queda un buen número de imágenes en las que aparece una mujer regordeta, agradable, determinada, joven, vanidosa, sumamente vivaracha, maliciosa, y al mismo tiempo sensata, y siempre rebosante de salud. En ninguna de las fases de su trayectoria fue una antigualla. Antes que tener pinta de intelectual, habría prescindido de la literatura. Se colocaba una vara entre los hombros para mantener bien recta la espalda; galopaba por el campo en un viejo caballo de tiro; desafiaba a su madre y se bañaba desnuda; en sus momentos de mayor fama, «un nuevo estilo de natación o una nueva zambullida desde gran altura me emocionaban mucho más que un nuevo estilo poético, por grande que fuera mi devoción por las musas, y siempre fue grande». En resumen, si una hubiera tenido el placer de conocer a la señora Wilcox habría descubierto a una mujer de mundo, vestida con mucho gusto, sumamente vitalista. Lástima por la sencillez del problema, ya que aquí no hay un mundo, sino tres.


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