Horas en una biblioteca
Horas en una biblioteca La luna plumosa y blanca nunca dejó que el cielo se oscureciera del todo. La noche entera, las flores de los castaños de Indias fueron blancas en el verdor, y tenues eran los perifollos en los prados. Ni a Tartaria ni a Arabia viajaba el viento movido en los patios de Cambridge. Se quedaba remolón en medio de las nubes grises, azuladas, sobre los tejados de Newnham. Allí, en el jardín, si necesitara espacio para vagar, podría ella hallarlo entre los árboles, y como nada, salvo rostros de mujeres, iban a salir a su encuentro, bien podría desvelarlo, impenetrable, sin rasgos precisos, y mirar al interior de las habitaciones en las que a esa hora, impenetrables, sin rasgos precisos, los párpados velados sobre los ojos, las manos sin anillos se extendían sobre las sábanas y dormían innumerables mujeres. Aquí y allá aún se veía una luz prendida.
