Horas en una biblioteca
Horas en una biblioteca Las cartas que en este volumen se reimprimen han vivido una historia plagada de aventuras. Fue en 1850 cuando un caballero que realizó una adquisición en la localidad francesa de Boulogne descubrió que el envoltorio de su paquete lo constituían algunas cartas escritas por Boswell al reverendo W. J. Temple, antepasado del arzobispo, y cuando el resto de la serie pudo recuperarse entre los papeles que para envolver sus paquetes tenía el tendero las publicó en 1857 Richard Bentley, con una introducción debida a la mano de un editor anónimo. Mr. Seccombe, autor de la introducción del presente volumen, conjetura que su predecesor en el oficio fue Sir Philip Francis, del Tribunal Consular Supremo de la Región de Levante. Si, tal como es de ley suponer, Boswell jamás escribió nada sin tener algún pensamiento para la posteridad, su fantasma ha debido de vivir un largo periodo de suspense. La edición de 1857 fue recibida con aplausos por parte de la crítica. Así, «el Times dedicó nada menos que seis columnas a la recensión del libro», aunque tardó cerca de dos años en agotarse la tirada (se cree que un incendio contribuyó a destruir el remanente) y no ha existido una nueva reimpresión hasta hoy mismo. Tienen que ser muchos, qué duda cabe, los que amen sus lecturas de Boswell, si bien nunca han tenido ocasión de leer sus cartas; tienen que ser muchos, por consiguiente, los que agradezcan a los señores Sidgwick y Jackson por la bella hechura del volumen, y a Seccombe por la destreza y el humor con que ha sabido poner en perspectiva al autor y a las propias cartas. Cuando un hombre ha tenido en él clavados los ojos de Carlyle y de Macaulay, bien puede parecer que poco más queda por decir. Sin embargo, cada uno de estos observadores alcanzan una conclusión muy distinta. Así, Carlyle, aun diciendo de Boswell que era «una mezcla mal ensamblada, chocante, de lo más fino y lo más soez», logró darle la pátina resplandeciente del auténtico adorador rendido ante un héroe; por su parte, Macaulay se permitió en su retrato recurrir con evidente complacencia a la famosa paradoja que, al igual que los espejos distorsionados de las ferias, muestra el cuerpo humano con piernas como sacacorchos y rostro ondulante. Seccombe no resulta tan divertido en sus apreciaciones, aunque es más juicioso. No dispone de una teoría que sacar a relucir, y se beneficia de la ventaja que le otorga el haber estudiado las cartas; por ello, puede hablar de «un hombre de corazón tierno» a pesar de las «grotescas inmoralidades»; acierta a ver que Boswell fue «un gran artista» a la vez que un «fenómeno de feria». Las cartas, en efecto, tienden a difuminar bastante las discrepancias al uso, ya que ponen de manifiesto que Boswell tuvo una existencia independiente al margen de Johnson, amén de tener muchas cualidades además de las que por costumbre se le reconocen. Leer las cartas de un hombre luego de leer sus obras tiene un efecto muy similar al que tendría estar con él en su propia casa tras haberlo conocido debidamente ataviado para una cena de gala.
