Horas en una biblioteca

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GEOGRAFÍA LITERARIA

Pertenecen estos dos libros a lo que se ha querido llamar «serie de las peregrinaciones», por lo cual antes de emprender viaje vale la pena reparar con qué espíritu lo haremos. O somos peregrinos por sentimiento, que hallamos algo estimulante para la imaginación en el hecho de que Thackeray hubiera llamado precisamente a esta puerta, o en el hecho de que Dickens se afeitara tras esa ventana exactamente, o bien somos científicos en nuestro peregrinar, en cuyo caso visitaremos la campiña en donde residió un gran novelista con el fin de ver en qué medida pudo influirle su entorno. Ambos motivos suelen darse combinados y pueden legítimamente satisfacerse. Tal es el caso de Scott o de las Brontë, de George Meredith o de Thomas Hardy. Cada uno de estos novelistas posee una soberanía espiritual que nadie puede poner en tela de juicio. Han convertido su entorno en territorio propio, pues lo han interpretado de tal manera que le han dado una forma indeleble; tan es así que conocemos determinadas partes de Escocia, del condado de York, de Surrey o de Dorset tan íntimamente como conocemos a los hombres y mujeres que allí tienen su domicilio. Los novelistas que poseen esa sensibilidad para captar la inspiración de la tierra son los únicos capaces de pintar a los nativos, las criaturas en cierto modo de esa tierra. Los hombres y mujeres de Scott son escoceses hasta las cachas; la Brontë ama los páramos hasta un punto tal que le resulta viable dibujar como nadie el curioso tipo de ser humano que los páramos producen, y así podríamos decir que no es que los novelistas sean dueños de un territorio, sino que todos los que en él habitan son sus personajes posibles. Parece un tanto incongruente hablar del país de Thackeray o del país de Dickens en este sentido, ya que la palabra concita una visión de campos y bosques, y es posible leer a no pocos de estos maestros sin hallar razón ninguna para no creer que el mundo entero esté adoquinado como las calles de una ciudad. Tanto Thackeray como Dickens eran londinenses, y el campo rarísima vez comparece en sus libros, y los campesinos —producto característico de la campiña— apenas figuran en ellos. Decir que un hombre es londinense implica tan sólo que no pertenece a una de las clases más definidas de campesinos que existen, pero no lo señala por pertenecer a ningún tipo concreto de persona.


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