Horas en una biblioteca
Horas en una biblioteca Es buena prueba del esnobismo del que estamos sin duda veteados que el mero pensamiento de un peregrino literario nos lleve a imaginar a un hombre embozado en un macferlán, que contempla con unción la fachada de una casa decorada con una inscripción mientras conjura en su anémico y dócil cerebro la figura del doctor Johnson. Ahora bien: habremos de confesar que hemos hecho eso mismo docenas de veces, es posible que furtivamente, y eligiendo un dÃa de grisalla, no sea que los fantasmas de los difuntos nos descubran, si bien en ello hemos obtenido un placer verdadero, e incluso un cierto provecho. No somos capaces de pasar por delante de la casa de un gran escritor sin hacer una pausa para dedicarle una mirada adicional y dotarla en la medida de lo posible del perro y del gato que le pertenecieron, de sus libros y su escritorio. Podemos quizá justificar el instinto recurriendo al hecho de que el dominio que los escritores tienen sobre nosotros es inmensamente personal; es su verdadera voz la que oÃmos en la cadencia de la frase; es su forma y su colorido la que vemos en la página impresa, de modo que incluso sus zapatos viejos tienen una manera de haberse desgastado, más por un lado que por otro, que se nos antoja no indiscreción, sino materia revelada. Hablamos de escritores. El peregrino militar, o médico, o leguleyo, tal vez existan, pero se nos antoja que el presente de las viejas botas de sus héroes no habrá de mostrarle nada más que un cuero envejecido.
