Horas en una biblioteca
Horas en una biblioteca Existe un pasaje memorable al final de la Historia de Froude en el cual, antes de resumir las cualidades de la gran reina y de pronunciarse, nos pide que consideremos en qué consiste ser soberano. Pensamientos mezquinos «brotan cual espíritus acusadores… de los cajones privados de los estadistas, de los miembros del gabinete». Quizá no se hagan a un lado, quizá hayan siempre de actuar. Sus deberes no los dejan un instante, cual si fueran sus sombras. Sus palabras y sus hazañas los sobreviven, y han de soportar un escrutinio al que pocos han de aspirar sin perder aplomo. Pronunciado este aviso, pasa el historiador a despojar a Isabel de todas las virtudes que se le han atribuido, salvo la virtud de su valentía inconmensurable. En cierto modo, tal parece ser el sino de la mayoría de los gobernantes sobre los que podemos formarnos juicio. La naturaleza humana, cuando se emplaza en un trono, parece incapaz de soportar tan descomedida ampliación. Solamente los reyes más antiguos, en los que era virtud esencial el coraje, llevan por sobrenombre «el Bueno». Los posteriores, vueltos más sutiles, están deformados por el vicio, la estupidez, el fanatismo. Y, sin embargo, en parte por ser extraordinario, el espectáculo de la realeza nunca dejará de sorprendernos. Raro es contemplar el homenaje en sí, pero mucho más raro es entrar en el alma de uno de esos grandes actores y presenciar cómo se debate el ser humano de a pie, normal y corriente, cual hormiga lastrada con el peso de un guijarro, bajo esa carga sobrehumana que sus semejantes le han impuesto. La dificultad a la hora de formarse tal opinión surge de la necesidad de que tal persona haya de conformarse a un criterio de valor antinatural, de modo que sólo en muy contadas ocasiones se le puede ver conducirse como un individuo. Por lo demás, sólo nos queda recurrir a nuestra imaginación. El señor Rait, en la introducción al volumen que nos ocupa, y que contiene las cartas personales de la reina Isabel, enumera otras dificultades que han de asediar al estudioso de cualquier documento antiguo. Con tanta formalidad y tanto estorbo, el lenguaje mismo en que están escritos es muy distinto del nuestro. Cuentan con un millar de inducciones a la mentira, y tampoco pueden siempre contar verdad, aun cuando quieran. Sin embargo, al margen de todos estos obstáculos, «sigue siendo cierto —dice— que es en tales cartas, como las que contiene este volumen, donde podemos hallar el tuétano mismo de la historia». Al leer el tuétano mismo, en este caso podemos entender el temperamento de la mujer que reinó en Inglaterra desde que tuvo veinticinco años, y cuyos caprichos, y cualidades, forman el centro mismo de la vasta expansión que se produjo en la época isabelina. Si podemos llegar a tener cierto conocimiento de su naturaleza, y de las circunstancias que la formaron, habremos de leer nuestra historia con mayor provecho; la recopilación del señor Mumby nos da una ocasión espléndida, ya que pone ante nosotros el texto original a partir del cual se ha forjado la historia. Se ha limitado a aportar los lazos de unión necesarios, con tanta brevedad y lucidez como ha sido posible.
