Horas en una biblioteca

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ELIZABETH LADY HOLLAND

Son dos hermosos volúmenes, de cuerpo grande y márgenes generosos, con retratos, anotaciones e introducción, el diario que al cabo de un siglo escribiera Lady Holland entre 1791 y 1811. Al mismo tiempo, Lloyd Sanders publica El círculo de Holland House, grueso volumen de muchos capítulos, en cada uno de los cuales se representa a un grupo distinto de hombres y mujeres, de todo rango, vocación y condición, distinguidos por lo general gracias a un nombre de importancia. El interés primordial de estos grupos radica en que se dispersaron en su día por las amplias estancias de Holland House, y en que las personas de que estaban compuestos fueron elegidas en medio del tumulto londinense, y convocadas en ese punto gracias al poder de Lady Holland y su esposo. Ha pasado tanto tiempo, en efecto, que empieza a parecernos extraño que la dama de imperiosa planta que se sienta dejando ver el pie en el cuadro de Leslie, cual si sus súbditos le rindieran pleitesía en el trono, en su día subiera a la primera planta, a su habitación, tomase una hoja de papel y escribiera los pensamientos que le suscitaba la escena. Se nos dice de continuo cómo desairaba a los demás, cómo dejaba caer el abanico, cómo se sentaba a la cabecera de la mesa y asistía a las conversaciones más inteligentes de toda Inglaterra hasta darse por aburrida y exclamar: «¡Ya basta de cháchara, Macaulay!». Pero es difícil recordar que pasó por muchas más experiencias de las que suelen tocar a las mujeres, de modo que cuando tomaba asiento a la cabecera de la mesa quizá tuviera en mente escenas distintas y se maravillara ante los accidentes que la habían llevado a ocupar semejante posición. Hasta que Lord Ilchester ha publicado sus diarios, sólo existía material para libros como los de Lloyd Sanders. Sólo conocíamos las impresiones que causó en otras personas, teníamos que adivinar qué era lo que pudo haber sentido ella. Era hija de un adinerado caballero de Jamaica, Richard Vassall, quien la dio en matrimonio a Sir Godfrey Webster, de Battle Abbey, cuando sólo tenía quince años. En cambio, a tenor de lo que cuenta ella misma se había asilvestrado, encontrando su aprendizaje sobre la marcha, y llegó a tener sus propios puntos de vista sin ayuda de nadie. No fue por falta de esmero por parte de sus padres, que la querían tanto que no la quisieron domesticar; es coherente con ese afecto que cuando la vieron hecha una estupenda damisela, de espíritu orgulloso, creyeran oportuno su merecimiento de una buena boda. Un barón que le sacaba casi veintitrés años, que era dueño de una casa señorial en el campo, que era parlamentario, que era «inmensamente popular en su región, tal vez por su liberalidad y extravagancia», tuvo que habérseles presentado a la luz de espléndido partido para su hija. Lo de menos era el amor. Cuando contrajeron matrimonio, Sir Godfrey vivía en una casa pequeña, cerca de la abadía. El edificio era propiedad de su tía. Algo cabe deducir del temperamento de la joven Lady Webster si se repara en las preguntas que enviaba por las mañanas a la abadía: «A ver si la vieja bruja ya se ha muerto». Aquellos días en la aldea de Sussex eran tediosos, pues Elizabeth se entretenía paseando a su antojo por la casa grande, que estaba en ruinas, haciendo entrechocar unas cadenas, como una niña mala, para atemorizar a la tía. Su marido estaba muy ocupado con los asuntos de la localidad, y aunque tuviera los gustos sencillos de un caballero de provincias, no era un marido al que una mujer joven, y lista, pudiera pasar por alto. No sólo era rudo, sino también de temple violento. Jugaba, tuvo no pocos achaques depresivos. A raíz de todas estas circunstancias, Lady Webster concibió tal idea de la vida en el campo que siempre se estremecería, en lo sucesivo, sólo de pensar en ella. Al dejar atrás la casa de campo dejó escrito que creía «haber huido de un infortunio». Pero ya de jovencita no estaba escrito que tuviera que sufrir nada si algo podía resolverse por medio de sus protestas. Atosigó a su marido hasta la extenuación dando muestras de inquietud; al final, consintió en darle permiso para que viajara. No es posible negar que él hizo un gran esfuerzo para captar el punto de vista de ella, ni que le tenía afecto suficiente para tratar de satisfacerla, pues viajar en aquellos tiempos de coches de posta y renunciar a su rinconcito de Sussex seguramente fue una gran penuria para un hombre de tamaña importancia. Fuera como fuese, Lady Webster se salió con la suya, y es probable que diera a su señor esposo un agradecimiento menor, por el sacrificio, del que merecía. Partieron hacia Italia en 1791, y fue allí, a los veinte años, donde Lady Webster comenzó a escribir su diario. Un viajero inglés del siglo XVIII no podía aprovechar al máximo esa experiencia si no daba en escribir sus reflexiones e impresiones. Siempre quedaba algo, al final de un largo día, de lo cual era preciso disponer por escrito, y Lady Webster comenzó su diario con ese impulso. Lo escribió de manera que propiciase los recuerdos cuando lo leyera más adelante, en Sussex; lo escribió para cerciorarse de que estaba cumpliendo puntualmente con su obligación; lo escribió para tener garantías de que viajaba por el mundo en su condición de inglesa sensata y joven, como tantas otras personas. Se puede, sin embargo, imaginar que nunca iba a encontrarse muy a sus anchas con esa versión de su propia persona, y que posteriormente recurriría a las páginas de su diario cada vez más en busca de una fecha, de algo semiolvidado, y que pronto se disociaría de sus propias reflexiones. Su caso difiere un poco del habitual. Desde su más temprana juventud, Lady Webster parece haber poseído una calidad que salvó a su diario del violento destino de los diarios, y que ahorró a su autora los sonrojos de rigor. Sabía ser tan impersonal como un chiquillo de diez años, y tan inteligente como un político. El punto hasta el cual le importara saber que los habitantes de Kempten cultivan el lino, y que debieran consumir sus propios productos, «ya que no hay ríos navegables», es imposible de saber; en cambio, le pareció oportuno observarlo, y proceder con toda naturalidad a moralizar y decir que «tal vez son más felices sin las facilidades del contacto social», pues el comercio trae consigo el lujo, y el lujo lleva a la codicia, y así se destruye «la sencillez del talante», cosa que a la moralista le parece penosa. ¡Qué extrañas conversaciones, qué lúgubres silencios tuvieron que darse en el coche de posta! La joven damisela era infatigable, y sinceramente se mofaba de su esposo por no tener este entusiasmos ni teorías.


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