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LADY HESTER STANHOPE

Los autores del Diccionario Nacional de Biografía tienen una grata costumbre: antes de escribirla, resumen una vida en una sola palabra. Por ejemplo, «Stanhope, Lady Hester Lucy (1776-1839), excéntrica». La razón de que su vida haya quedado escrita es que fue distinta del resto del mundo, aunque nunca convirtió a nadie a su manera de pensar. La señora Roundell, que ha escrito la última relación que de ella tenemos, se muestra comprensiva y respetuosa, aunque es evidente que tampoco es una adepta a su manera de pensar. Se tiene la impresión de que desdibuja las excentricidades, como si estuviéramos todos juntos tomando el té. Sería cortés señalar en tal caso que «a Lady Hester le encantan los gatos», aunque en privado, y escribir es un acto privado, una debería permitirse el lujo de disfrutar con el hecho de que llegara a tener cuarenta y ocho, a los que elegía de modo que sus estrellas hicieran juego con la suya propia, sumándose con voz de barítono en la música nocturna de los felinos, y acusando a su médico de tener un carácter desabrido, frío, afeminado, porque la algarabía se le hacía intolerable. El mérito de la obra de la señora Roundell, junto con su sencillez, y las muchas citas de autores posteriores, estriba en que nos llama la atención o nos lleva a recordar un libro entretenidísimo, Memorias y viajes de Lady Hester Stanhope, seis volúmenes en total, obra del doctor Meryon. El encanto que tiene el libro de Meryon radica en que sea tan exhaustivo. Vivió con ella no de forma continuada durante veintiocho años, y las personas con quienes vivimos son las últimas a las que aspiramos a definir con una sola palabra. El doctor Meryon jamás intentó tal cosa. Para él, ella no era una excéntrica de profesión, sino una dama de alta cuna, que condescendía a estrecharle la mano; una mujer de grandeza política, inspirada en ocasiones, con un embrujo como el de Circe. En calidad de inglés de clase media, de médico, de hombre que supo respetar la valía de una mujer, aunque un tanto conmovido por la necesidad de que así fuera, captó plenamente su encanto. Ella lo trató como a un criado, aunque «la mágica ilusión que siempre se las ingenió para proyectar en derredor, en las circunstancias más corrientes de la vida», mantuvo intacto su hechizo. Felizmente, las condiciones de la vida en Monte Líbano, en los años treinta del pasado siglo, le permitieron escribir prolijamente, y le proporcionaron un único tema del cual ocuparse. Cuando regresaba al alba tras una de aquellas prolongadas audiencias, al término de las cuales la dama quedaba oculta tras el humo espeso, trataba de plasmar por escrito los cuentos que ella le había relatado, y expresaba una suerte de estupefacción que ella nunca dejó de producirle de un modo abrumador.


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