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Horas en una biblioteca
Horas en una biblioteca Hay ciertas personas que, sin ser famosas, parecen resumir las cualidades de una época y representarlas mejor que nadie. Lady Strachey, que falleció la semana pasada a los ochenta y ocho años de edad, se encuentra entre ellas. Parecía el tipo de mujer victoriana en su mejor versión: múltiple en sus facetas, vigorosa, aventurera, avanzada. Con su estructura ósea, de gran tamaño, poderosa, y sus rasgos muy marcados, su talante era tan cordial, tan humorístico y, sin embargo, tan formidable, que parecía hecha a mayor escala, de un material más impresionante que las mujeres de hoy en día. A la fuerza era preciso darse cuenta, incluso con sólo mirarla, de que pertenecía a un linaje de una gran tradición. Provenía de una familia famosa por haber engendrado a grandes administradores y funcionarios; por matrimonio contrajo relación familiar con una de las grandes familias angloíndias del siglo XIX. Es fácil imaginar que, caso de haber sido un hombre, habría gobernado una provincia o habría administrado un departamento gubernamental. Tenía el instinto preciso para los asuntos de Estado, esa comprensión de la política, con la consiguiente amplitud de miras, que era necesaria en el funcionario del siglo XIX. Pero es que, al igual que todas las mujeres victorianas de su mismo marchamo, era enfáticamente mujer y madre. Aun cuando redactara despachos al dictado de su esposo y debatiera —pues se encontraba presente en los consejos de los hombres que regían los destinos de la India— tal problema o cual medida política, en todo momento se dedicó a la crianza, ya fuera en la India, ya en Inglaterra, de un total de diez hijos. Fue el espíritu rector de uno de esos vastísimos hogares victorianos que, por más caóticos que ahora nos parezcan, poseían un carácter y una vitalidad que cuesta trabajo pensar que alguna vez lleguen a igualarse. La memoria aporta una imagen de una casa con muchas habitaciones, de gente que entraba y salía, de discusiones, de risas, de voces diversas que hablaban a la vez; de la propia Lady Strachey un tanto distraída, un tanto errática, pero, no obstante, al mando de todo e inspirándolo todo, tanto si vagaba por las habitaciones con un libro, tanto si daba clases a un grupo de jóvenes para que aprendieran los pasos de una danza típica de las Tierras Altas de Escocia, como si se lanzaba a un vehemente debate sobre política o literatura o si trabajaba con idéntica intensidad en un crucigrama de un periódico barato que, caso de resolver a plena satisfacción, le proporcionaría treinta chelines por semana y una casita de campo para toda la vida.