Horas en una biblioteca

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CUERPO Y MENTE

Podríamos leer las vidas de todos los ministros del Gabinete que han sido desde la coronación de la reina Victoria sin caer en la cuenta de que tenían un cuerpo. Imaginar que cualquiera de las estatuas de Parliament Square pudieran echar a correr, ponerse a trepar, o incluso imaginarlas en estado de completa desnudez, no sólo es imposible, sino también inverosímil. La vida, la dignidad, el carácter de los estadistas se concentran en la cabeza; el cuerpo apenas es un tallo, un tallo sin fisuras, negro e inexpresivo, ya sea magro, ya sea obeso, al término del cual florece un Gladstone, un Campbell-Bannerman o un Chamberlain. En cambio, basta con ver una fotografía de Theodore Roosevelt para comprender que es idéntico a su cuerpo. La cabeza pequeña, redonda, belicosa, con los ojos apretados como si se dispusiera a cargar contra un enemigo, es tan parte de su cuerpo como es parte del toro la cabeza. La decencia exige que el cuerpo del hombre quede desgajado de la cabeza a la altura del cuello, un cuello duro a ser posible, pero es que incluso bajo ese disfraz se ve a las claras, sin la menor sensación de que sea inverosímil, la presencia de los huesos, los músculos, la carne.



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