Horas en una biblioteca
Horas en una biblioteca Que la ficción es una dama, y una dama que no se sabe cómo se ha metido en serios aprietos, es un pensamiento que a buen seguro se les habrá ocurrido no pocas veces a sus admiradores. Muchos galantes caballeros han espoleado sus corceles para acudir a su rescate; entre ellos destacan Sir Walter Raleigh y Percy Lubbock. Pero ambos se mostraron un poco ceremoniosos en su abordaje: ambos, da la impresión, tenÃan un amplio conocimiento de la dama, pero carecÃan de la intimidad precisa. Ahora hace Forster acto de presencia; dice no poseer conocimientos, si bien no se podrá negar que conoce Ãntimamente a la dama. Si bien carece de la autoridad de los otros dos caballeros, goza de los privilegios que se otorgan al amante. Llama a la puerta de su alcoba y se le franquea el paso cuando la dama está en bata y en zapatillas. Arriman al fuego de la chimenea los sillones y charlan con facilidad, con ingenio y sutileza, como viejos amigos que ya no tienen ilusiones, aun cuando la alcoba sea en realidad un aula, que para más señas se encuentra en la muy austera ciudad de Cambridge.
