Horas en una biblioteca
Horas en una biblioteca Hay cierta impertinencia, amén de no poca mentecatez, en el modo en que compramos animales por cantidades exorbitantes y luego decimos que son nuestros. No es posible que nos abstengamos de preguntar qué diría ese crítico callado que dormita en la alfombra, ante la chimenea, de nuestra extraña convención, la mística gata persa, cuyos ancestros fueron adorados como los dioses mientras nosotros, sus dueños y dueñas, aún nos las veíamos y deseábamos habitando en las cuevas, pintándonos el cuerpo de azul. Posee una experiencia y un acervo amplísimos, que parecen rebosar en su mirada, demasiado solemne, demasiado sutil para la expresión. Sonríe, yo creo que a menudo, al pensar en nuestra civilización nacida tardíamente, y recuerda el ascenso y la caída de las dinastías de antaño. Hay algo también profano en la familiaridad, rayana en el desprecio, con que tratamos a nuestros animales. Intencionalmente hacemos un trasplante de un poco, muy poco de la vida salvaje, sencilla, y la obligamos a crecer junto a nuestra vida, que nunca es simple, ni salvaje. A menudo se ve en los ojos de un perro una mirada repentina, propia del animal primigenio, como si de nuevo rondase por lugares solitarios, los lugares de su juventud, como un perro asilvestrado. ¿Cómo podemos tener la impertinencia de hacer que esas criaturas silvestres prescindan de su naturaleza para acoplarse a la nuestra, que en el mejor de los casos sólo podrían imitar? Es uno de los refinados pecados de la civilización, toda vez que no sabemos qué espíritus silvestres tomamos de ese ambiente más puro, ni quién es —Pan, la Ninfa, la Dríade— el ser a quien hemos adiestrado para que nos suplique un terrón de azúcar a la hora del té.
