Horas en una biblioteca

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WALTER SICKERT

Aunque la conversación es un hábito corriente y que produce gran disfrute, quienes tratan de ponerla por escrito son conscientes de que va de acá para allá a su antojo, rara vez se atiene a un rumbo, abunda en exageraciones e inexactitudes, pasa por trechos de un tedio extremo. Así, cuando la otra noche cenaron juntas siete u ocho personas, los primeros diez minutos se les fueron en comentar qué difícil es hoy en día moverse en Londres de un punto a otro: ¿es más rápido ir a pie o en coche, ayuda o estorba el nuevo sistema de luces de colores? Cuando se anunció que la cena estaba lista, alguien preguntó: «¿Y cuándo se inventaron las galerías de arte?». La pregunta surgió de una forma natural, pues la discusión sobre el valor de las luces de colores colocadas en los cruces había llevado a alguien a afirmar que a ojos de un automovilista el rojo no es un color, sino una señal de peligro. No tardaremos nada en perder nuestro sentido del color, añadió otro, aunque exagerando, como es natural. Tanto se emplean los colores a modo de señales que muy pronto sólo servirán para sugerirnos una acción determinada; eso es lo peor de la vida en una comunidad sumamente organizada. Se citaron otros ejemplos del cambio que introducen en nuestra percepción sensorial las condiciones modernas: los edificios cambian de carácter porque ya no es posible quedarse quietos y mirarlos despacio; las estatuas y mosaicos, apartados de sus lugares de antaño y confinados al interior de las iglesias y las casas particulares pierden las cualidades que les eran propias al aire libre. Naturalmente, esto desembocó en la pregunta de cuándo se inauguraron las primeras galerías de arte; como nadie aventuró una respuesta precisa, el autor de la pregunta pasó a esbozar una peregrina historia a propósito de un joven dotado de una gran inventiva, que estaba esperando el momento de cruzar Ludgate Circus, en tiempos de la reina Ana. «Mira —se dijo—, cómo acortan los coches al doblar la esquina. A ese muchachito —añadió— a poco más le cortan la coleta. Ya nadie se detiene a mirar la fachada de St. Paul. Dentro de nada habrán retirado todos estos cartelones. Voy a agarrar el instante por las crines». Dicho lo cual fue a su banco, que le quedaba a mano, y retiró cuanto le restaba de su patrimonio, para invertirlo en la adquisición de unas habitaciones en Bond Street, donde colgó los primeros cuadros que habrían de ser expuestos al público en general. Tal vez sea ese el origen de House of Agnew; tal vez la galería se encuentre en donde estuvo aquella casa que adquirió con tan buen ojo para los negocios aquel joven de hace doscientos años. Es posible, dijo algún otro, pero nadie se tomó la molestia de verificar la afirmación, pues era una noche fría de diciembre, y la sopa esperaba sobre la mesa.


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