Horas en una biblioteca
Horas en una biblioteca A finales del siglo XIX se produjo una transformación. Por razones que no son fáciles de precisar, las viudas comenzaron a mostrar una mentalidad más abierta, hubo una mayor amplitud de miras, el público adquirió una vista más de lince. La efigie dejó de transmitir convicciones, dejó de satisfacer la curiosidad. El biógrafo, qué duda cabe, ganó bastante libertad. Al menos, pudo empezar a insinuar que había cicatrices y arrugas profundas en el rostro del difunto. El perfil de Carlyle que ha trazado Froude de ninguna manera es una máscara de cera pintada en tonos rosáceos o rubicundos. Después de Froude llegó Sir Edmund Gosse, quien se atrevió a decir que su propio padre había sido un ser humano con todos los defectos y las taras. Y tras Edmund Gosse, en los primeros años del siglo XX, apareció Lytton Strachey.
Tan importante es la figura de Lytton Strachey en la historia de la biografía que exige detenernos en él. Sus tres famosos libros, Victorianos eminentes, La reina Victoria e Isabel y Essex, son de tal envergadura que muestran a la vez de qué es capaz la biografía y qué es lo que no alcanza a hacer. Sugieren, por lo tanto, muchas respuestas posibles a la interrogación con que empezábamos: si es o no la biografía un arte y, caso de que no lo sea, por qué fracasa.
