Horas en una biblioteca
Horas en una biblioteca Caso de que se propusiera la designación de Pearsall Smith para el cargo de Real Antólogo de los pueblos de habla inglesa, yo personalmente harÃa de mil amores una aportación a su estipendio, y mucho más sustancial de lo que podrÃa permitirme. Durante más de trescientos años, un clérigo difunto, llamado John Donne, ha atestado nuestros anaqueles. El otro dÃa, Pearsall Smith lo tocó con su varita mágica y ha sido de ver cómo se desmoronan los volúmenes en folio, cómo se estremecen las páginas; sale de ellas el apasionado clérigo; la fibra de nuestro corazón laico se tuerce y se inclina ante tan insólita tempestad. Pero no hay figura más engañosa que esta que alude al hechicero y su varita. Pensemos mejor en una mesa repleta de libros, folios vueltos una y mil veces; cotejos, anotaciones, enmiendas, expurgaciones; viajes en ómnibus, horas de desilusión, y es que… ¿quién lee prosa? La vida se echa a perder bajo la luz de una lámpara de pantalla verde, el premio de meses de trabajo es tan sólo un párrafo aislado. Desde luego, si Pearsall Smith es un mago, ha tenido que aprender sus artes allà donde nadie, salvo los más osados y los más fieles, se atreverÃan a seguirle. Por consiguiente, si insisto en decir que en cierto sentido soy superior a él, habrá que entender que no es a su erudición a lo que me refiero. Me refiero a su gusto. Al leer este Tesoro de la prosa en lengua inglesa, he cobrado conciencia de que tengo un gusto infinitamente mejor que el de Pearsall Smith. Es de hecho impecable. No será preciso que me apresure a señalar lo que todo el mundo sabe: en cuestión de gusto, cada hombre, mujer y niño de las islas Británicas es impecable, como también lo son los cuadrúpedos. Un perro que no tenga su propio gusto muy por encima del que atribuya a su amo serÃa un perro al que ni siquiera valdrÃa la pena ahogar.
