Horas en una biblioteca
Horas en una biblioteca Si se aborda un tema de gran amplitud por medio de un librito de corto espectro, se suele ver más que nada un perfil vago y ondulante que, aun cuando sea el de una joya griega, por la misma razón podría ser el de una montaña, o el de una máquina de bañarse en la playa. Sin embargo, aunque el libro de Mlle. Villard es breve y su tema sea vastísimo, su concentración es tan exacta, y el cristal con que lo mira es tan transparente, que ese perfil se ve con toda nitidez, y los detalles resultan precisos. Por eso podemos leer cada una de sus palabras con interés, porque es posible en un millar de ejemplos verificar sus afirmaciones; en cada una de sus páginas se centra en lo definido, en lo concreto. ¿Y cómo, en el tratamiento de un siglo entero, de todo un país, de todo un sexo, es posible centrarse en lo definido, en lo concreto? Mlle. Villard resuelve el problema mediante el uso de la ficción como única fuente documental, pues aun cuando ha consultado guías y biografías, su frescura y su veracidad hay que atribuirlas en gran medida al hecho de que haya preferido leer novelas. En las novelas, dice, los pensamientos, las esperanzas y las vidas de las mujeres a lo largo del siglo, en el país en que han experimentado un desarrollo más notable, se despliegan de un modo mucho más íntimo y más pleno que en ningún otro documento. Cabría desde luego decir que de no ser por las novelas del siglo XIX seríamos tan ignorantes como nuestros ancestros en lo tocante a esta porción del género humano. Es de común conocimiento, desde hace siglos, que las mujeres existen, paren a sus hijos, no tienen barba y rara vez se quedan calvas. Salvo en estos respectos, y en otros en los que se dice que son idénticas a los hombres, es poca cosa lo que de ellas sabemos, y pocas pruebas se tienen para fundar nuestras conclusiones. Por si fuera poco, rara vez somos desapasionadas.
