Horas en una biblioteca

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COLERIDGE, EL CRÍTICO

En su prefacio a las «Anima Poetae», E. H. Coleridge señala que las Charlas de sobremesa,[*] al contrario que cualquier otro escrito en prosa de Coleridge, sigue siendo una obra de sobra conocida y muy leída en general. No nos es dado saber si el breve artículo de Coventry Patmore que se ha colocado como prefacio de esta nueva edición dice algo más que el hecho de que Patmore fuera conservador, pero si el prefacio ha tenido algo que ver en la reedición de las Charlas de sobremesa, le debemos al menos nuestro agradecimiento. Siempre sienta bien releer a los clásicos. Siempre es provechoso cerciorarse de que sigan disfrutando del pedestal que merecen, en vez de limitarse a proyectar sus sombras sobre las cabezas supersticiosamente inclinadas por la fuerza de la costumbre. En particular, vale la pena releer a Coleridge, ya que, debido a sus peculiaridades de carácter, y al efecto que tuvieron en retratistas como Hazlitt, De Quincey y, sobre todo, Carlyle, nos hallamos en posesión de un espectro muy vistoso: Coleridge, un caballero a la antigua usanza, maravilloso y ridículo y de una locuacidad imposible, que residió en Highgate y que nunca pudo decidirse por qué lado del sendero iba a caminar. Es improbable que la locuacidad se haya exagerado, pero si se leen las Charlas de sobremesa se capta un punto que ningún retratista pudo plasmar: la divina condición de la mentalidad que tenía el caballero a la antigua, el centelleo mismo de su mirada milagrosa. Sean o no prueba de la verdadera grandeza, sus propias palabras nos transmiten de inmediato no una sensación cierta de percibir la diferencia entre razón y entendimiento, pero sí la de conocerle tal como ninguna otra persona podría presentárnoslo. Hay en este libro un ser que sigue hablando directamente y que apela a la mentalidad de cada individuo.


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