Kew Gardens

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Las figuras de estos hombres y mujeres pasaban ante el arriate con un curioso movimiento irregular que recordaba al vuelo de las mariposas blancas y azules que zigzagueaban de un macizo al siguiente. El hombre paseaba distraído, algo adelantado de la mujer, que avanzaba más decidida y sólo volvía la cabeza de vez en cuando para asegurarse de que los niños no se alejaban demasiado. El hombre guardaba esa distancia con la mujer de una forma deliberada aunque quizá inconsciente, pues deseaba seguir absorto en sus pensamientos.

«Hace quince años vine aquí con Lily —pensaba—. Nos sentamos allí, junto a un lago, y me pasé toda la calurosa tarde suplicándole que se casara conmigo. Una libélula revoloteaba a nuestro alrededor. Con qué claridad recuerdo aquella libélula y el zapato de Lily, con una hebilla plateada en la punta… No dejé de mirarle el zapato mientras le hablaba y, cuando lo movía impaciente, yo sabía sin alzar la vista lo que me iba a responder: toda ella parecía estar en ese zapato, y todo mi amor y mi deseo estaban en la libélula. Pensé, a saber por qué, que si la libélula se posaba allí, sobre aquella hoja ancha con la flor roja en el centro…; pensé que si la libélula se posaba en esa hoja, Lily respondería “Sí” de inmediato. Pero la libélula siguió revoloteando sin posarse en ningún sitio; afortunadamente, desde luego, pues de lo contrario no estaría aquí paseando con Eleanor y los niños».


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