Las Olas
Las Olas —Te vi salir —dijo Bernard—. Al pasar ante la puerta de la caseta de las herramientas, te oí que decías llorando: «Soy desgraciada.» Dejé el cuchillo. Hacía barquitas con astillas de madera, con Neville. Estoy despeinado, porque cuando Mrs. Constable me dijo que me peinara había una mosca en una telaraña, y me pregunté: «Libero la mosca, ¿dejo que se la coman?» De manera que siempre llego tarde. Tengo el pelo sin peinar y con virutas de madera. Cuando te oí llorar te seguí y te vi dejar el pañuelo, arrugado, con su ira y su odio anudados a él. Pero eso terminará pronto. Nuestros cuerpos están cerca. Me oyes respirar. Ves un escarabajo que también consigue llevar una hoja a la espalda. Va hacia allí, luego hacia allá, de manera que mientras lo observas, incluso tu deseo de poseer una sola cosa (ahora se trata de Louis) debe flaquear, semejante a esa luz que se enciende y apaga entre las hojas del haya; y, entonces, las palabras, moviéndose oscuramente, en la profundidad de tu mente, romperán ese nudo de dureza, estrujado en el pañuelo.