Las Olas
Las Olas Las olas rompían y extendían las aguas por la orilla con ligereza. Una tras otra se espesaban y caían, el rocío de gotas volvía hacia atrás con la fuerza de la caída. Estaban teñidas de azul intenso las olas, excepto un dibujo como de luz de cabezas de diamante en el dorso que ondeaba semejante a los lomos de los caballos grandes en los que se tensan los músculos al moverse. Caían las olas, se retiraban y volvían a caer, como el sordo golpear de una gran bestia encadenada.
—Ha muerto —dijo Neville—. Se cayó. Tropezó el caballo. Salió despedido. Han girado de repente las velas del mundo, y me han golpeado en la cabeza. Todo ha concluido. Se han apagado las luces del mundo. He aquí el árbol que no puedo pagar.
»¡Ay! ¡Arrugar el telegrama con los dedos —dejar que refluya la luz del mundo—, decir que no ha sucedido!, pero, ¿a qué volver la cabeza de un lado a otro? Ésta es la verdad, éste es el hecho. El caballo tropezó, lo derribó. Igual que un chaparrón, subieron los árboles como relámpagos, y las blancas verjas. Hubo una erupción, un redoblar de tambores en sus oídos. Después, el golpe, el mundo se estrelló, respiraba de forma entrecortada. Murió donde había caído[105].