Las Olas
Las Olas »Estoy bostezando. Estoy empachado de sensaciones. Me encuentro rendido por la tensión del largo, largo rato —veinticinco minutos, media hora— que llevo fuera de la máquina. Me vuelvo insensible, rÃgido. ¿Cómo romper esta insensibilidad que desprestigia a mi amable corazón? Otros sufren: multitudes de personas sufren. Neville sufre. Amaba a Percival. Pero ya no tolero los extremos; deseo a alguien con quien reÃr, con quien bostezar, con quien recordar cómo se rascaba la cabeza; alguien con quien él hubiera estado relajado, y que le gustase (no Susan, a quien amaba; mejor serÃa Jinny). También yo podrÃa hacer penitencia en su habitación. PodrÃa preguntar: ¿te contó cómo me negué cuando me pidió aquel dÃa que lo acompañara a Hampton Court?[108]. Son ésos los pensamientos que me sobresaltan con angustia en medio de la noche, los delitos por los que se deberÃa hacer penitencia en los mercados del mundo con la cabeza descubierta: ése es el que no fue a Hampton Court aquel dÃa.
»Pero ahora quiero que me rodee la vida y libros y adornos sin valor y los gritos habituales de los comerciantes anunciándose, y, sobre todo ello, quiero apoyar mi cabeza después de este cansancio, y cerrar los ojos después de esta revelación. AsÃ, pues, me iré directamente, bajaré las escaleras, cogeré el primer taxi que vea, y me iré a visitar a Jinny.»