Las Olas
Las Olas —Por fin —dijo Bernard—, cesan los gruñidos. Concluye el sermón. Ha convertido en polvo el baile de las mariposas blancas ante la puerta. Es igual que una barbilla sin afeitar esa voz ronca y tosca. Ahora se bambolea hacia su asiento como si fuera un marino borracho. Intentará el resto de los profesores imitar sus gestos, pero, siendo frágiles, torpes y llevando pantalones grises, lo único que sabrán hacer será el ridÃculo. No los desprecio. Merecen mi piedad sus bufonadas. Registro el hecho en el cuaderno, para consulta futura, junto con muchos otros. Cuando crezca, llevaré un cuaderno, uno gordo con muchas páginas, metódicamente alfabetizado. Escribiré lo que se me ocurra. En la P aparecerá «Polvo de mariposa.» Si en mi novela describo el sol sobre el alféizar, buscaré en la P, y encontraré polvo de mariposa. Será útil. «Proyecta el árbol una sombra semejante a dedos verdes.» Será útil. Pero, ¡ay!, enseguida me distraigo, con un pelo que parece una figura de azúcar, con el devocionario de Celia, con encuadernación de marfil. Durante una hora, sin pestañear, puede contemplar Louis la naturaleza. Pero yo lo dejo pronto, a menos que me hablen. «El lago de mi mente, no surcado por remos, se mueve plácidamente, y pronto se hunde en una somnolencia oleaginosa.» Será útil.