Los años
Los años Hubo un momento de espera. La gente seguÃa llegando y cada cual ocupaba su sitio, algunos más arriba, otros más abajo. Se fijó en una mujer desaliñada, con aspecto de pobre, que merodeaba alrededor de los grupos, y Delia se esforzó en recordar si era una antigua criada, pero no consiguió identificarla. Su tÃo Digby, hermano de su padre, se encontraba exactamente frente a ella, sosteniendo el sombrero de copa alta con las manos, como si de una vasija sagrada se tratara; era la viva imagen del decoro. Algunas mujeres lloraban; pero los hombres no; los hombres habÃan adoptado una postura; las mujeres otra, observó Delia. Luego todo volvió a comenzar. Una espléndida ráfaga de música les envolvió. «El hombre nacido de mujer». La ceremonia se habÃa renovado; estaban otra vez agrupados, unidos. La familia se acercó un poco más a la fosa y miró fijamente el ataúd, de brillante madera y con asas de bronce, que reposaba en la tierra en espera de ser enterrado para siempre. ParecÃa demasiado nuevo para que lo enterraran para siempre. Delia miró el fondo de la fosa. Allà yacÃa su madre, dentro de aquel ataúd; la mujer a la que tanto habÃa amado y odiado. Delia se sintió deslumbrada. TemÃa desmayarse; pero debÃa mirar; debÃa sentir; era la última oportunidad que se le ofrecÃa. Cayó tierra sobre el ataúd; tres guijarros golpearon la dura y brillante superficie; y mientras caÃan, Delia se sintió poseÃda por una sensación de algo imperecedero; de vida mezclándose con muerte, de muerte transformándose en vida. Pues mientras miraba oyó a los gorriones que piaban más y más deprisa; oyó ruedas a lo lejos que traqueteaban cada vez más fuerte; la vida se hizo más y más próxima…