Los años
Los años Era una primavera vacilante. El tiempo, siempre cambiante, mandaba nubes azules y purpúreas que se deslizaban sobre la tierra. En el campo, los campesinos contemplaban con aprensión sus cultivos; en Londres, la gente alzaba la vista al cielo y abría y cerraba el paraguas. Pero en el mes de abril cabía esperar aquel tiempo. Miles de dependientes hacían este comentario al entregar la mercancía envuelta con esmero a las señoras de adornados vestidos que se hallaban al otro lado del mostrador, en Whiteley y en los almacenes Army and Navy. Interminables procesiones de compradores en el West End, y de hombres de negocios en el East End, circulaban por las aceras, como caravanas en una marcha perpetua, o al menos eso les parecía a aquellos que se detenían por alguna razón, ya fuera para echar una carta, o en el ventanal de un club de Piccadilly. La corriente de landós, victorias y cabriolés era incesante, ya que la temporada social acababa de comenzar. En las calles más tranquilas, los músicos callejeros ofrecían su frágil y casi siempre melancólico sonido de gaita, que tenía su eco, o su parodia, ya en los árboles de Hyde Park, ya en Saint James, en el parloteo de los gorriones y en los bruscos arrebatos del amoroso aunque intermitente tordo. En las plazas, las palomas revoloteaban en las copas de los árboles, desgajando alguna que otra ramita, y zureaban una y otra vez una nana que siempre quedaba interrumpida. Por la tarde, en las puertas de Marble Arch y Apsley House se aglomeraban señoras ataviadas con vestidos multicolores con polisón, y caballeros de chaqué, con bastón y luciendo un clavel. Ahora llegaba la princesa, y a su paso se alzaban los sombreros. En los sótanos de las largas avenidas de los barrios residenciales, criadas con delantal y cofia preparaban el té. Después de ascender sinuosamente desde el sótano, la tetera de plata era depositada en la mesa, y vírgenes y solteronas, cuyas manos habían restañado las heridas de Bermondsey y Hoxton, medían cuidadosamente una, dos, tres cucharaditas de té. Cuando el sol se ponía, un millón de lucecitas de gas, como los ojos pintados en las plumas del pavo real, se abrían en sus jaulas de cristal, pero a pesar de ello en las aceras quedaban amplias zonas oscuras. La mezcla de la luz de las farolas y la del sol poniente se reflejaba por igual en el Round Pond y en la Serpentine. Quienes habían salido a cenar fuera de casa contemplaban durante un instante el encantador espectáculo cuando su cabriolé pasaba al trote por el puente. Por fin, se alzaba la luna que, como una reluciente moneda, aunque oscurecida de vez en cuando por nubes deshilachadas, brillaba con serenidad, con severidad, o quizá con total indiferencia. Girando lentamente, como los rayos de un faro, los días, las semanas, los años, cruzaban el cielo uno tras otro.