Orlando
Orlando Suspiró profundamente, y se arrojó —habÃa una pasión en sus movimientos que justifica la palabra— en la tierra, al pie de la encina. Le gustaba, bajo toda esta fugacidad del verano, sentir el espinazo de la tierra bajo su cuerpo; porque eso le parecÃa la dura raÃz de la encina; o siguiendo el vaivén de las imágenes, era el lomo de un gran caballo que montaba; o la cubierta de un barco dando tumbos —era, de veras, cualquier cosa, con tal que fuera dura, porque él sentÃa la necesidad de algo a que amarrar su corazón que le tironeaba el costado; el corazón que parecÃa henchido de fragantes y amorosas tormentas, a esta hora, todas las tardes, cuando salÃa. Lo sujetó a la encina y al descansar ahÃ, el tumulto a su alrededor se aquietó; las hojitas pendÃan, el ciervo se detuvo; las pálidas nubes de verano se demoraban; sus miembros pesaban en el suelo; y se quedó tan quieto que el ciervo se fue acercando y las cornejas giraron alrededor y las golondrinas bajaron en cÃrculo y los alguaciles pasaron en un destello tornasolado, como si toda la fertilidad y amorosa actividad de una tarde de verano fuera una red tejida en torno de su cuerpo.