Orlando
Orlando Queremos decir que no lo causaba la simple y sola idea de su pureza y cómo defenderla. En circunstancias normales una muchacha linda y sola no hubiera pensado en otra cosa: el edificio entero de la moral femenina descansa en esa piedra fundamental; la pureza es su joya, su eje central, que deben proteger hasta la locura y a cuya pérdida no deben sobrevivir. Pero si durante treinta años uno ha sido hombre, y para colmo Embajador, si uno ha tenido una Reina entre sus brazos y una o dos damas de menor alcurnia (según dicen las crónicas), si uno se ha casado con una Rosina Pepita, etcétera, etcétera, el sobresalto no es tal vez tan terrible. El sobresalto de Orlando era de naturaleza muy complicada, y no lo podemos definir en un santiamén. Nadie, en verdad, la acusó nunca de ser una de esas mentes atropelladas que agotan los problemas en un minuto. Necesitó todo el viaje para desentrañar el sentido de su sobresalto. Nosotros la seguiremos, ajustándonos a su paso.