Orlando
Orlando «¿Un poco de gordura, señora? —le preguntó—. PermÃtame servirle una rebanadita del tamaño de la uña». Bastaron esas palabras, para que la recorriera un delicioso temblor. Hubo un cantar de pájaros, hubo una precipitación de torrentes. Reconoció la indescriptible delicia de la primera vez que vio a Sasha, hace cien años. Entonces era el perseguidor, ahora la fugitiva. ¿Cuál es el éxtasis mayor? ¿El de la mujer o el del hombre? ¿No son acaso el mismo? No, pensó, éste es más delicioso (agradeciendo al Capitán y rehusando); rehusar y verlo triste. Bueno, si él insistÃa, ella aceptarÃa una rebanadita, pero casi invisible. Esto era lo más delicioso; ceder y verlo sonreÃr. «Porque nada —pensó, volviendo a su lugar en la cubierta, y prosiguiendo el diálogo—, es tan celestial como resistir y ceder; ceder y resistir. Nada como esto para inundar de felicidad nuestras almas. De modo —continuó—, que a lo mejor me tiro por la borda, por el solo gusto de que un marinero me salve».
(Debemos recordar que era como un niño, que toma posesión de un jardÃn o de un armario de juguetes: sus razonamientos no podÃan ser los de una mujer ya madura que ha disfrutado de esas cosas toda su vida).