Orlando

Orlando

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«Mr. Pope —dijo la vieja Lady R. en una voz estremecida de ira sarcástica—, veo que usted bromea». Mr. Pope se puso rojo. Nadie dijo una palabra. Un silencio mortal los aplastó por unos veinte minutos. Después, uno por uno, se levantaron y se escurrieron del salón. Era dudoso que volvieran después de semejante experiencia. Se oían los gritos de los pajes de hacha llamando a los cocheros por toda South Audley Street. Las portezuelas se cerraban de golpe y los coches se iban. Orlando, en la escalera, se encontró junto a Mr. Pope. Su organismo contrahecho y flaco estaba sacudido por muy diversas emociones. Sus ojos disparaban dardos de maldad, de rabia, de triunfo, de ingenio y de terror; temblaba como una hoja. Parecía un reptil agazapado con un topacio vivo en la frente. En el mismo instante, la más extraña tempestad de emociones se apoderó de la pobre Orlando. Una desilusión tan completa como la que acababa de padecer hace que la mente zozobre de un lado a otro. Todo parece diez veces más desnudo y más inútil. Es un instante lleno de peligro para la mente humana. En instantes así, las mujeres se hacen monjas, los hombres frailes. En instantes así, los hombres ricos hacen donación de sus bienes, los hombres felices se degüellan con el trinchante. Orlando hubiera hecho todo eso con gusto, pero había una cosa más temeraria, y es la que hizo. Invitó a Mr. Pope a que la acompañara a su casa.


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