Orlando
Orlando Todos menos yo tienen su pareja, reflexionó, al atravesar desconsoladamente el patio. Los grajos, hasta Canute y Pip-pin… por momentáneas que fueran sus alianzas, cada cual esta tarde parecÃa tener su pareja. «Y yo, la dueña de todo esto —Orlando pensó, echando una mirada al pasar a las innumerables ventanas heráldicas del hall—, estoy soltera, estoy impar, estoy sola».
Nunca se le habÃan ocurrido cosas asÃ. Ahora la oprimÃan ineludiblemente. En lugar de abrir el portón, golpeó con una mano enguantada para que le abriera el portero. Hay que apoyarse en alguien, pensó, aunque sea en el portero, y casi hubiera querido detenerse y ayudarlo a asar su costilla en un brasero con ascuas, pero no se atrevió. Asà se aventuró por el parque, vacilando al principio y aprensiva de que merodeadores o guardabosques o mandaderos se extrañaran de que una gran dama saliera sola.
A cada paso creÃa ver algún hombre detrás de las zarzas, o alguna vaca brava agachando los cuernos para embestirla.