Orlando
Orlando Apresuradamente puso a cubierto los caballos, y buscó amparo bajo el dintel de la puerta desde la que podía observar el patio. El aire estaba ahora más pesado que nunca, y era tal el zumbido y el vapor que se elevaba del aguacero, que hubiera resultado imposible oír la pisada de un hombre o de un animal. Los caminos cribados de grandes baches estarían anegados y quizás impracticables. Apenas concedió un pensamiento a esa traba puesta a su fuga. Todos sus sentidos se concentraban en el acecho del sendero empedrado —brillando a la luz del farol— por donde vendría Sasha. A veces, en la oscuridad, le parecía verla regada por la lluvia. Pero el fantasma no duraba. De pronto, con una voz ominosa y terrible, una voz llena de horror y alarma que hizo parar cada angustioso pelo en el alma de Orlando, sonó en San Pablo la primera campanada de la medianoche. Sonó cuatro veces más, implacable. Con la superstición de un enamorado, Orlando había resuelto que a la sexta campanada Sasha vendría. Pero la sexta campanada murió y la séptima vino y la octava, y para su temerosa mente eran notas que primero anunciaban y luego proclamaban muerte y desastre. Cuando sonó la última, comprendió que estaba echada su suerte. En vano su parte de razón razonaba: «Sasha puede estar en retardo, puede haber tenido un inconveniente, puede haberse perdido». El corazón apasionado y sensible sabía la verdad. Otros relojes dieron la hora, en una confusión de toques sucesivos. El universo parecía aturdirse con las noticias de su irrisión y de la mentira de Sasha. Las antiguas sospechas subterráneas que estaban trabajándolo salieron abiertamente de su escondite. Lo picó un enjambre de víboras, cada una más venenosa que la anterior. Se quedó inmóvil en la puerta, bajo la enorme lluvia. Al pasar los minutos, se le aflojaron un poco las rodillas. El aguacero proseguía. En lo más fuerte parecían oírse grandes cañones. Se oían vastos ruidos como de robles arrancados de raíz y postrados. Había también gritos salvajes y rugidos que no eran humanos. Pero Orlando se quedó inmóvil hasta que el reloj de San Pablo marcó las dos, y entonces, vociferando con una horrible ironía, y mostrando todos sus dientes, «Jour de ma vie!», estrelló contra el suelo la linterna, saltó a caballo y partió al galope sin saber dónde.