Orlando
Orlando A veces cortaba la cuerda y la cabeza rebotaba en el suelo y tenÃa que colgarla de nuevo, atándola con cierta hidalguÃa casi fuera de su alcance, de suerte que su enemigo le hacÃa muecas triunfales a través de labios contraÃdos, negros. La cabeza oscilaba de un lado a otro, porque la casa en cuya cumbre vivÃa era tan vasta que el viento mismo parecÃa atrapado ahÃ, soplando por acá, soplando por allá, invierno y verano. La verde tapicerÃa de Arrás con sus cazadores se agitaba perpetuamente. Sus abuelos habÃan sido nobles desde que empezaron a ser. HabÃan salido de las nieblas boreales con coronas en las cabezas. Las barras de oscuridad en el cuarto y los charcos amarillos que ajedrezaban el piso, ¿no eran acaso obra del sol que atravesaba el vitral de un vasto escudo de armas en la ventana? Orlando estaba ahora en el centro del cuerpo amarillo de un leopardo heráldico. Al poner la mano en el antepecho de la ventana para abrirla, aquélla se volvió inmediatamente roja, azul y amarilla como un ala de mariposa. AsÃ, los que gustan de los sÃmbolos y tienen habilidad para descifrarlos, podrÃan observar que aunque las hermosas piernas, el gallardo cuerpo y los hombros bien hechos estaban decorados todos ellos con diversos tintes de luz heráldica, la cara de Orlando, al abrir la ventana, sólo estaba alumbrada por el sol. Imposible encontrar cara más sombrÃa y más cándida. ¡Dichosa la madre que pare, más dichoso aún el biógrafo que registra la vida de tal hombre! Ni ella tendrá que mortificarse, ni él que invocar el socorro de poetas o novelistas. Irá de gesta en gesta, de gloria en gloria, de cargo en cargo, siempre seguido de su escriba, hasta alcanzar aquel asiento que representa la cumbre de su deseo. Orlando, a primera vista, parecÃa predestinado a una carrera semejante. El rojo de sus mejillas era aterciopelado como un durazno; el vello sobre el labio era apenas un poco más tupido que el vello sobre las mejillas. Los labios eran cortos y ligeramente replegados sobre dientes de una exquisita blancura de almendra. Nada molestaba el vuelo breve y tenso de la sagitaria nariz; el cabello era oscuro, las orejas pequeñas y bien pegadas a la cabeza. Pero ¡ay de mÃ!, estos catálogos de la hermosura juvenil no pueden acabar sin mencionar la frente y los ojos. ¡Ay de mÃ!, pocas personas nacen desprovistas de esos tres atributos, pues en cuanto miramos a Orlando parado en la ventana, debemos admitir que tenÃa ojos como violetas empapadas, tan grandes que el agua parecÃa haber desbordado de ellos ensanchándolos, y una frente como la curva de una cúpula de mármol apretada entre los dos medallones lisos que eran sus sienes. En cuanto echamos una ojeada a la frente y los ojos, nos extraviamos en metáforas. En cuanto echamos una ojeada a la frente y a los ojos, tenemos que admitir mil cosas desagradables de ésas que procura eludir todo biógrafo competente. Lo inquietaban los espectáculos como el de su madre, una dama hermosÃsima de verde, que salÃa a dar de comer a los pavos reales con Twitchett, su doncella, a la zaga; lo exaltaban los espectáculos —los pájaros y los árboles; y lo hacÃan enamorarse de la muerte—, el cielo de la tarde, las cornejas que vuelven; y asà subiendo la escalera espiral hasta su cerebro —que era espacioso— todos estos espectáculos y también los ruidos del jardÃn, el martillo que golpea, la madera hachada, empezó ese tumulto y confusión de las emociones y las pasiones que todo biógrafo competente aborrece. Pero prosigamos: Orlando lentamente encogió el cuello, se sentó a la mesa, y con el aire semiconsciente de quien está haciendo lo que hace todos los dÃas de su vida a esa misma hora, sacó un cuaderno rotulado «Adalberto: una tragedia en cinco actos» y sumergió en la tinta una vieja y manchada pluma de ganso.