Orlando
Orlando Cuidó de no encontrarse con alguien. Por el camino venía Tuff, el jardinero. Se escondió tras un árbol hasta que pasó. Se escurrió por una puertita del muro del jardín. Orilló los establos, las perreras, las destilerías, las carpinterías, los lavaderos, los lugares donde fabrican velas de sebo, matan bueyes, funden herraduras, cosen chaquetas —porque la casa era todo un pueblo resonante de hombres que trabajaban en sus varios oficios—, y tomó, sin ser visto, el sendero de helechos que sube por el parque. Tal vez haya una relación consanguínea entre las cualidades; una arrastra a la otra y es lícito que el biógrafo haga notar que esta torpeza corre pareja con el amor de la soledad. Habiendo tropezado con un arcón, Orlando amaba naturalmente los sitios solitarios, las vastas perspectivas, y el sentirse por siempre y por siempre solo.