Un cuarto propio

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Capítulo 6

Al día siguiente la luz de la mañana de octubre caía en dardos polvorientos a través de las ventanas sin cortinas, y el rumor del tráfico subía de la calle. Londres se estaba dando cuerda de nuevo: la fábrica estaba despierta, empezaban las máquinas. Era tentador, después de tanta lectura, mirar por la ventana y ver lo que estaba haciendo Londres en la mañana del 26 de octubre de 1928. ¿Qué estaba haciendo Londres? Nadie, me pareció, estaba leyendo Antonio y Cleopatra. Londres estaba del todo indiferente a las piezas de Shakespeare. A nadie le importaba un bledo —y no los censuro— el porvenir de la novela, la suerte de la poesía o el desarrollo, por la mujer normal, de un estilo de prosa plenamente adecuado a su mente. Si en la vereda hubieran escrito con tiza opiniones sobre esta materia, nadie se hubiera agachado a leerlas. La indiferencia de los pies apurados las hubiera borrado en una media hora. Aquí venía un mandadero; aquí una mujer con un perro. El encanto de la calle de Londres es que no hay dos personas iguales; cada una parece movida por algún asunto particular. Ahí estaban los atareados, con sus valijas; los desocupados golpeando con los bastones las verjas del subsuelo; los tipos afables para quienes las calles sirven de club, saludando a hombres en carros y distribuyendo información que nadie les pide. Había entierros también ante los que se descubrían los hombres, repentinamente conscientes del tránsito de sus cuerpos.


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