Un cuarto propio
Un cuarto propio La escena, si ustedes quieren seguirme, ha cambiado. Caen hojas, ahora en Londres, no en Oxbridge; y les ruego que imaginen un cuarto como hay miles, con una ventana que sobre los sombreros de la gente, y los camiones y los automóviles mira a otras ventanas, y en la mesa adentro del cuarto una gran hoja de papel en blanco con la inscripción Las mujeres y la novela, y nada más. La inevitable continuación de un almuerzo y una comida en Oxbridge no podía desgraciadamente ser otra que una visita al Museo Británico. Hay que depurar todo lo personal y accidental de esas impresiones y extraer así el fluido puro, el aceite esencial de la verdad. Porque esa visita a Oxbridge y el almuerzo y la cena habían despertado un cúmulo de preguntas. ¿Por qué los hombres bebían vino y las mujeres agua? ¿Por qué un sexo era tan adinerado, y tan pobre el otro? ¿Qué influencia ejerce la pobreza sobre la literatura? ¿Qué condiciones requiere la creación de obras de arte? —mil preguntas me acosaban a un tiempo—. Pero yo precisaba contestaciones, no preguntas; y una contestación era imposible sin consultar a los eruditos y a los imparciales, que se han elevado sobre la disputa de lenguas y la confusión de estar en un cuerpo y han publicado el fruto de su razonamiento y de sus buscas en libros que se pueden conseguir en el Museo Británico. Si la verdad no está en los anaqueles del Museo Británico, ¿dónde, me pregunté, tomando una libreta y un lápiz, estará la verdad? Así pertrechada, así interrogativa y esperanzada, salí en busca de la verdad. El día, aunque no precisamente lluvioso, era lóbrego, y las calles del Museo estaban llenas de carboneras abiertas, que recibían un chaparrón continuo de bolsas; coches de alquiler no cesaban de descargar en la acera baúles atados con cuerdas, repletos verosímilmente por el ajuar de alguna familia italiana o suiza que buscaba fortuna o refugio o alguna otra de las codiciables ventajas que ofrecen en invierno las casas de pensión de Bloomsbury. Los hombres enronquecidos de siempre desfilaban por las calles con plantas en carritos de mano.
