Un cuarto propio
Un cuarto propio Fui por consiguiente al estante de los libros de historia y tomé uno de los más modernos, La Historia de Inglaterra, del profesor Trevelyan. De nuevo busqué Mujeres, encontré, «posición de» y llegué a las páginas señaladas. «Golpear a la esposa —le× era un derecho reconocido del hombre, y era ejercido sin recato por humildes y poderosos… Asimismo —prosigue el historiador— la hija que rehusaba casarse con el caballero elegido por sus padres se hacÃa acreedora a que la encerraran, la golpearan y la tiraran por el suelo, sin que la opinión pública se conmoviera. El casamiento no era asunto de afecto personal, sino de avaricia familiar, especialmente en las caballerescas clases altas… El compromiso solÃa tener lugar cuando apenas habÃan salido del cuidado de sus niñeras». Eso era hacia 1470, poco después del tiempo de Chaucer. La referencia subsiguiente a la posición de las mujeres ocurre unos doscientos años después, en tiempo de los Estuardo. «Era excepcional que las mujeres de la clase alta o media eligieran sus maridos, y una vez elegido era dueño y señor, al menos ley y costumbres lo consagraban. Sin embargo —concluye el profesor Trevelyan—, ni a las mujeres de Shakespeare ni a las de las memorias auténticas, del siglo diecisiete, como las Vernay y las Hutchinson, les falta personalidad y carácter». Considerándolo bien, Cleopatra debe haber conseguido lo que querÃa; Lady Macbeth, me imagino, debe haber sido bastante voluntariosa; yo me atreverÃa a afirmar que Rosalinda era una muchacha atrayente. El profesor Trevelyan no dice más que la verdad, al observar que las mujeres de Shakespeare no carecen ni de personalidad ni de carácter. No siendo un historiador es posible ir más lejos y aseverar que las mujeres han ardido como faros en la obra de todos los poetas desde el principio del tiempo. Clitemnestra, AntÃgona, Cleopatra, Lady Macbeth, Fedra, Cresida, Rosalinda, Desdémona, la Duquesa de Malfi, entre los dramaturgos; luego entre los prosistas: Millamant, Clarisa, Becky Sharp, Ana Karenina, Emma Bovary, Madame de Guermantes —los nombres vienen a la memoria y no para recordar mujeres «carentes de personalidad y carácter»—. En verdad, si la mujer no tuviera más existencia que la revelada por las novelas que los hombres escriben, uno se la imaginarÃa como un ser de la mayor importancia; muy cambiante; heroica y mezquina, espléndida y sórdida; infinitamente hermosa y horrible en extremo; tan grande como un hombre, tal vez mayor.