Un cuarto propio

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Capítulo 4

En el siglo XVI, imposible encontrar alguna mujer en ese estado de ánimo. Basta pensar en las lápidas isabelinas con todos esos niños arrodillados con las manos juntas; y en sus muertes tempranas; y ver sus casas con sus ahogados cuartos oscuros, para darse cuenta de que ninguna mujer pudo entonces haber escrito poesía. Lo que uno esperaría es que algo más tarde, quizá, alguna gran dama aprovechando su relativa independencia y comodidad, publicara algo con su firma y corriera el albur de que la consideraran un monstruo. Los hombres, por supuesto, no son snobs, proseguí, evitando cuidadosamente «el feminismo notorio» de Miss Rebecca West, pero en general aprecian con simpatía los esfuerzos de una condesa que escribe versos. Uno esperaría que una señora con título encontrara mayor ambiente que el que hubiera encontrado en esa época una desconocida Miss Austen o una Miss Brontë. Pero uno podía esperar también que su mente fuera turbada por emociones forasteras como el temor y el odio y que en sus poemas quedaran rastros de ese disturbio. Aquí está Lady Winchelsea, por ejemplo, pensé, tomando sus poemas. Nació el año 1661; era noble de linaje y también por su casamiento; no tenía hijos; escribió versos y basta hojearlos para encontrarla rebosando de indignación contra la posición de las mujeres:

How are we fallen! fallen by mistaken rules,

And Education’s more than Nature’s fools;


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