Una habitacion propia

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Sin embargo, la culpa de todo esto, si es que uno se empeña en encontrar a un culpable, no la tiene un sexo más que el otro. Los responsables son todos los seductores y los reformadores: Lady Bessborough, que mintió a Lord Granville; Miss Davies, que le dijo la verdad a Mr. Greg. Son culpables todos los que han contribuido a despertar la conciencia del sexo y son ellos quienes me empujan, cuando quiero usar al máximo mis facultades en un libro, a buscar esta satisfacción en aquella época feliz, anterior a Miss Davies y Miss Clough, en que el escritor utilizaba ambos lados de su mente a la vez. Para ello debemos acudir a Shakespeare, porque Shakespeare era andrógino, e igualmente lo eran Keats y Sterne, Cowper, Lamb y Coleridge. Shelley, quizá, carecía de sexo. Puede que Milton y Ben Jonson hayan tenido en ellos una gota de varón de más. Lo mismo Wordsworth y Tolstoi. En nuestros tiempos, Proust era del todo andrógino, o quizás un poco demasiado femenino. Pero este fallo es demasiado infrecuente para que se lo reprochemos, porque sin alguna mezcla de esta clase el intelecto parece predominar y las demás facultades de la mente se endurecen y se vuelven estériles. Me consolé, sin embargo, pensando que quizás estemos en una fase pasajera; mucho de cuanto he dicho obedeciendo a mi promesa de revelaros el curso de mis pensamientos os parecerá de otra época; mucho de lo que llamea en mis ojos os parecerá dudoso a vosotras que todavía no habéis llegado a la mayoría de edad.


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