Una habitacion propia
Una habitacion propia Quizá las palabras de Christina Rossetti eran en parte responsables de aquella loca ilusión —no era, claro está, más que una ilusión— de que las lilas sacudÃan sus flores por encima de las paredes de los jardines, y las mariposas de azufre se deslizaban de aquà para allá, y habÃa polvo de polen en el aire. Soplaba un viento, de qué dirección no lo sé, pero levantaba las hojas medio crecidas y habÃa en el aire un centelleo gris plata. Era la hora entre dos luces en que los colores se intensifican y los púrpuras y los dorados arden en los cristales de las ventanas como el latido de un corazón excitable; en que, por algún motivo, la belleza del mundo, revelada y, sin embargo, a punto de perecer (en este momento me metà en el jardÃn, pues una mano imprudente habÃa dejado la puerta abierta y no andaba ningún bedel por allÃ), la belleza del mundo que tan pronto perecerá tiene dos filos, uno de risa, otro de angustia, partiendo el corazón en dos. Los jardines de Fernham se extendÃan ante mà en el crepúsculo primaveral, silvestres y abiertos, y los narcisos y las campanillas salpicaban la alta hierba, cuidadosamente desparramados, no muy ordenados quizás en sus dÃas mejores, agitados ahora por el viento, tirando de sus raÃces. Las ventanas del edificio se encorvaban como las de un barco entre generosas olas de ladrillo rojo, mudando del limón al plateado al paso de las rápidas nubes de primavera. HabÃa alguien en una hamaca, alguien, pero en aquella luz todo eran fantasmas, medio adivinados, medio visibles, que huÃan por la hierba —¿no iba alguien a detenerla?— y luego apareció en la terraza, quizá para respirar el aire, para echar una mirada al jardÃn, una silueta encorvada, impresionante y, sin embargo, humilde, con una ancha frente y un vestido raÃdo. ¿SerÃa quizá la famosa erudita J… H… en persona? Todo era sombrÃo y, sin embargo, intenso, como si el pañuelo que el atardecer habÃa echado sobre el jardÃn lo hubiera rasgado en dos una estrella o una espada —el relámpago de una realidad terrible que estalla, como ocurre siempre, en el corazón de la primavera. Porque la juventud…