Una habitacion propia
Una habitacion propia Hacia el año 1860, dijo Mary Seton… Oh, pero ya conoces la historia, dijo, aburrida, supongo, del recital. Y me contó que habían alquilado habitaciones. Habían reunido comités. Habían escrito sobres. Habían redactado circulares. Habían celebrado reuniones; habían leído cartas; fulano prometía tanto; en cambio el señor Tal no quería dar ni un penique. La Saturday Review había sido muy descortés. ¿Cómo recaudar fondos para unas oficinas? ¿Organizaríamos una tómbola? ¿No podríamos encontrar a una chica bonita que se sentara en la primera fila? Miremos qué dice John Stuart Mill de la cuestión. ¿Podría alguien persuadir al director de… de que publique una carta? ¿Quizá Lady… accedería a firmarla? Lady… está fuera de la ciudad. Así es como se hacían las cosas hace sesenta años; era un esfuerzo prodigioso que costaba horas y horas. Y fue sólo tras una larga lucha y las peores dificultades que lograron reunir treinta mil libras.[6]
Salta pues a la vista, dijo Mary, que no tenemos para vino ni perdices, ni criados que nos lleven las bandejas encima de la cabeza. No podemos tener sofás ni habitaciones individuales. «Las amenidades, dijo citando un pasaje de algún libro, tendrán que esperar».[7]