Una habitacion propia
Una habitacion propia Asà es que volvà a mi fonda y, andando por las calles oscuras, medité sobre esto y aquello como suele hacerse tras un dÃa de trabajo. Medité sobre por qué motivo Mrs. Seton no habÃa tenido dinero para dejarnos; y sobre el efecto de la pobreza en la mente; y pensé en los extraños ancianos que habÃa visto por la mañana con trocitos de pieles sobre los hombros; y me acordé de que si se silbaba uno de ellos echaba a correr; y pensé en el órgano que bramaba en la capilla y en las puertas cerradas de la biblioteca; y pensé en lo desagradable que era que le dejaran a uno fuera; y pensé que quizás era peor que le encerraran a uno dentro; y tras pensar en la seguridad y la prosperidad de que disfrutaba un sexo y la pobreza y la inseguridad que achacaban al otro y en el efecto en la mente del escritor de la tradición y la falta de tradición, pensé finalmente que iba siendo hora de arrollar la piel arrugada del dÃa, con sus razonamientos y sus impresiones, su cólera y su risa, y de echarla en el seto. Un millar de estrellas relampagueaban por los desiertos azules del cielo. Se sentÃa uno solo en medio de una sociedad inescrutable. Todos los humanos yacÃan dormidos: echados, horizontales, mudos. En las calles de Oxbridge nadie parecÃa moverse. Hasta la puerta del hotel se abrió por obra de una mano invisible; ni un mozo sentado allà esperando para encenderme las luces. Tan tarde era.