Una habitacion propia
Una habitacion propia Además, proseguí, volviendo de nuevo los ojos hacia la página, se está viendo cada vez más claramente que las mujeres tienen, como los hombres, otros intereses, aparte de los intereses perennes de la domesticidad. «A Chloe le gustaba Olivia. Compartían un laboratorio…». Seguí leyendo y descubrí que estas dos jóvenes se ocupaban de machacar hígado, que es, según parece, una cura para la anemia perniciosa; aunque una de ellas estaba casada y tenía —no creo equivocarme— dos niños de corta edad. Ahora bien, todo esto antes se tuvo que dejar de lado, naturalmente, y el espléndido retrato literario de la mujer resulta extremadamente sencillo y monótono. Supongamos, por ejemplo, que en la literatura se presentara a los hombres sólo como los amantes de mujeres y nunca como los amigos de hombres, como soldados, pensadores, soñadores; ¡qué pocos papeles podrían desempeñar en las tragedias de Shakespeare! ¡Cómo sufriría la literatura! Quizá nos quedase la mayor parte de Otelo y buena parte de Antonio; pero no tendríamos a César, ni a Bruto, ni a Hamlet, ni a Lear, ni a Jaques. La literatura se empobrecería considerablemente, de igual modo que la ha empobrecido hasta un punto indescriptible el que tantas puertas les hayan sido cerradas a las mujeres. Casadas en contra de su voluntad, forzadas a permanecer en una sola habitación, a hacer una única tarea, ¿cómo hubiera podido un dramaturgo hacer de ellas una descripción completa, interesante y verdadera? El amor era el único intérprete posible. El poeta se veía obligado a ser apasionado o amargo, a menos que decidiera «odiar a las mujeres», lo que muy a menudo era señal de que tenía poco éxito con ellas.