Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo Al no recibir respuesta de la muchacha, la anciana se adelantó para cogerle la mano y, ¡pum!, se dio un cabezazo contra un tabique de madera. Al observarlo con más detenimiento descubrió que se trataba de un cuadro. ¡Extraño! ¿Cómo habrían conseguido que la figura se proyectase como una persona real? Pero al tocarla constató que se trataba de una figura plana. Con un movimiento de la cabeza, acompañado de sendos suspiros de admiración, se dirigió a una pequeña entrada sobre la que colgaba una antepuerta floreada de color verde. Levantándola, entró y miró en torno suyo.
Aquellas paredes estaban cubiertas de estantes hábilmente tallados que exhibían liras, espadas, floreros e incensarios; también colgaban cortinajes bordados y gasas relumbrantes de oro y perlas. Hasta las losetas vidriadas del piso lucían motivos florales. Más pasmada que nunca, quiso salir. Pero ¿dónde estaba la puerta? A su izquierda había un estante de libros; a su derecha, un biombo. Descubrió una puerta tras el biombo, y ya se disponía a abrirla cuando hizo su aparición una mujer a quien la abuela Liu identificó como su consuegra.
—¡Qué sorpresa encontrarte a ti por estos lugares! —exclamó la abuela—. Supongo que te enteraste de que he faltado de casa estos últimos días y te dijeron que estaría aquí… ¿Cuál de las muchachas te trajo?
La otra anciana se limitó a sonreír sin responder una palabra.