Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo Más allá del arco se divisaba una puerta palaciega en la que se leía: «Mar del Dolor y Cielo del Amor». Un pareado que flanqueaba esta inscripción decía:
La pasión, tan firme como la tierra, encumbrada como el cielo, no conoce freno desde tiempo inmemorial.
Qué difícil es para los jóvenes apasionados, para las muchachas melindrosas, saldar las deudas de brisa y de luz de luna.
«¡Vaya! —pensó Baoyu—, me pregunto qué significa “la pasión desde tiempo inmemorial” y qué serán esas “deudas de brisa y de luz de luna”. No me desagradaría experimentar alguna de esas cosas.»
Él no lo sabía, pero acababa de convocar hasta las profundidades de su corazón a un espíritu maligno.
Siguió a la diosa a través de la segunda puerta; cruzaron dos salas idénticas, una a cada lado, cada una con su tablilla y su pareado. No tuvo tiempo de leer los versos, pero fue descifrando los nombres: Aposento de la Vanidad, Aposento de los Celos, Aposento de las Lágrimas Matinales, Aposento de los Suspiros Nocturnos, Aposento de los Deseos Primaverales y Aposento del Dolor Otoñal.
—¿Por qué no me enseñas esos aposentos, diosa? —preguntó.
—Contienen archivos en los que están escritos el pasado y el futuro de muchachas de todo el mundo —le respondió—. Tus ojos humanos y tu envoltura mortal impiden que te sean mostrados.