Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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Ya bastante antes del final de aquel largo discurso, Pinger estaba sonriendo.

—¿Acaso me toma por tonta? —replicó—. Eso es lo que he estado haciendo hasta ahora, ¿a qué viene tanta advertencia?

—Temí que en tu preocupación por mí te olvidaras de las otras personas; por eso lo hago. Si es lo que has estado haciendo, eso demuestra que tienes más sentido que yo. Pero no te indignes tanto como para olvidar quién eres y con quién estás hablando.

—Es mi manera de hablar —replicó Pinger—. Si no le gusta puede darme otra bofetada. No será la primera vez.

—¡Perra! —se rió Xifeng—. ¿Cuántas veces tienes que gruñir por ese asunto? ¿Por qué provocarme así cuando ves que estoy enferma? Ven y siéntate. Comamos juntas, ya que estamos solas.

Entonces entraron Fenger y tres o cuatro jóvenes doncellas trayendo una mesita, que colocaron sobre el kang. Xifeng comió sólo una sopa de nido de salangana y dos sabrosos platos, pues por el momento había suspendido su dieta habitual. Fenger puso delante de Pinger los cuatro platos de costumbre y la ayudó a servirse arroz. Entonces Pinger, apoyada respetuosamente sobre el kang, acompañó a su señora. Al concluir el almuerzo ayudó a Xifeng a lavarse y enjuagarse la boca. Luego, tras darle unas instrucciones a Fenger, volvió con Tanchun. Pero encontró aquel patio silencioso y desierto.


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