Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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—Ve inmediatamente con tu madre a los aposentos de la señorita Baochai. Que le diga a Yinger unas cuantas palabras amables e intente borrar la ofensa que le ha hecho.

Obedeciendo, la doncella corrió en busca de su madre. Y ya se encaminaban las dos al parque de las Alpinias cuando Baoyu, por la ventana, les advirtió:

—¡Pero que no se mencione este asunto delante de mi prima Baochai, o Yinger podría recibir una buena reprimenda!

Madre e hija asintieron y echaron a andar mientras hablaban por lo bajo:

—Ya se lo advertí, madre, pero no quiso hacerme caso. ¿Valía la pena su empecinamiento, para ser tratada ahora de esta manera?

—Sigue tu camino, buscona —replicó la vieja—. Ya lo dice el refrán: «Uno sólo aprende de su experiencia». Ahora ya sé a qué atenerme, así que no me eches más sermones.

—Si se limitara a estar en su sitio y cumplir con las tareas que le han asignado, se quedaría mucho tiempo en esta casa, lo que le reportaría no pocos beneficios. Le diré algo: varias veces he oído decir a Baoyu que piensa pedirle a su madre que todas las que trabajamos aquí seamos devueltas a nuestra casa. Piensa devolvernos la libertad a todas, hayamos nacido dentro o fuera de esta mansión. ¿Qué le parece?


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